Los chapulines del bienestar

Por fin, el telón se levanta y el reparto completo queda a la vista. La reciente incursión de Miguel Ángel Yunes Márquez, vástago de una dinastía panista que gobernó Veracruz con mano dura y acusaciones de corrupción a cuestas, hacia las filas de Morena en 2024, no es una sorpresa, sino una confirmación. El partido que prometió ser la antítesis del “PRIAN” se ha convertido en el refugio dorado de los corridos, los exiliados y, en su mayoría, los fracasados de esos mismos partidos que durante años señaló como la raíz de todos los males. Estos “chapulines del bienestar” no saltan por convicción, sino por unos centavos, un hueso en la nómina o, en el mejor de los casos, la dulce promesa de impunidad.

Morena, que nació como un grito de indignación contra la élite política, hoy es un collage de reciclaje. Sus filas están abarrotadas de quienes alguna vez vistieron con orgullo la camiseta del PRI o del PAN, trayendo consigo el tufo del oportunismo y, en muchos casos, un historial que choca con los supuestos ideales de la “Cuarta Transformación”. Basta con mirar el elenco para entender que el discurso de renovación suena cada vez más hueco, opacado por el eco de viejos conocidos que han encontrado en el guinda una nueva piel para sus mismos trucos.

Del PRI, la lista es casi un quién es quién de la política transexenal. Andrés Manuel López Obrador, el mismísimo fundador, cortó sus dientes en el tricolor tabasqueño antes de romper con él en 1988. Marcelo Ebrard, el eterno aspirante presidencial, fue priista en los días de Camacho Solís. Manuel Bartlett, quien encabezó la CFE hasta hace poco, fue el artífice del fraude electoral de 1988 desde la Secretaría de Gobernación priista, un currículum que en cualquier país serio sería un lastre, pero que en Morena lo convirtió en pieza clave. Ricardo Monreal, hoy en la Cámara de Diputados tras liderar el Senado, gobernó Zacatecas bajo la bandera del PRI antes de brincar al guinda. Adán Augusto López Hernández, ex titular de Segob, y Rocío Nahle, ahora gobernadora de Veracruz, también llevan el ADN priista en su trayectoria. Hasta Eruviel Ávila y Alejandro Murat, ex gobernadores del Estado de México y Oaxaca, encontraron en Morena un salvavidas tras naufragar en el Titanic del PRI post-2018.

El PAN no se queda atrás en esta tragicomedia. Alfonso Durazo, quien fue el hombre de confianza de Vicente Fox, hoy gobierna Sonora con la camiseta guinda. Javier Corral, el panista “rebelde” que prometió limpiar Chihuahua, terminó en 2024 como candidato plurinominal de Morena al Senado. Joaquín “Huacho” Díaz Mena, tras perder dos veces la gubernatura de Yucatán con el PAN, encontró en Morena la llave del éxito en 2024. Ricardo Sheffield, ex alcalde de León y ex titular de Profeco bajo Morena, dejó el PAN en 2018 para sumarse al proyecto guinda. Rommel Pacheco, diputado federal panista hasta 2023, saltó a Morena para ser candidato a alcalde de Mérida en 2024. Y ahora, Miguel Ángel Yunes Márquez se suma al desfile, un movimiento que no solo huele a pragmatismo, sino que apesta a la búsqueda de un escudo político frente a las sombras de su familia.

Pido disculpas a los lectores por no mencionar a todos los chapulines que han brincado del PRI y el PAN a Morena; la lista es tan extensa que esta columna se convertiría en un interminable catálogo de oportunismo político. Pero los ejemplos bastan para mostrar el patrón.

¿Qué une a estos personajes? No es la ideología, pues sus trayectorias están marcadas por el pragmatismo más que por principios. No es el amor al pueblo, pues muchos dejaron tras de sí estelas de corrupción, ineficiencia o promesas rotas. Es el interés, puro y duro. Morena, con su maquinaria electoral y su control del poder, se ha convertido en el oasis donde los desterrados del “PRIAN” encuentran redención, o al menos un nuevo comienzo. Algunos llegan con las manos vacías, otros con maletas llenas de votos y clientelas, y unos más con la esperanza de que el manto guinda borre sus pecados pasados.

Este desfile de chapulines no es un accidente, es el ADN de Morena. Un partido que se jacta de ser diferente, pero que en la práctica recicla lo peor del pasado que dice combatir. La llegada de Yunes Márquez no es un caso aislado, es el reflejo de una maquinaria que premia la conveniencia sobre la congruencia. Si esto es la “transformación”, parece más una restauración del viejo régimen, pero con nuevos colores. Y mientras las bases se indignan, los líderes aplauden: total, en política, la memoria es corta y el poder lo justifica todo.

Volver arriba