
En México, hay una lección que la vida nos ha enseñado una y otra vez: cuando le das algo a un extorsionador, no esperes que se conforme. Siempre vuelve por más. La reciente danza diplomática entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump alrededor de los aranceles impuestos por Estados Unidos es un ejemplo claro de esta amarga verdad. Los mexicanos, con esa mezcla de resignación y sabiduría que nos caracteriza, sabemos que ceder ante un abusador no es un triunfo, sino el preludio de nuevas exigencias. Sin embargo, el gobierno de Sheinbaum parece haber olvidado esta premisa básica, y en su afán por evitar una guerra comercial, ha optado por entregar todo lo que Trump pidió, solo para recibir a cambio una palmada en la espalda y la promesa de una exención parcial que huele más a migajas que a victoria.
El 6 de marzo de 2025, Trump anunció que, tras una llamada con Sheinbaum, los productos del T-MEC quedarían exentos de los aranceles del 25% que había impuesto a México. La presidenta, por su parte, no tardó en salir a celebrar este supuesto logro, destacando que “nuestro trabajo y colaboración han dado resultados sin precedentes”. Incluso planeó un festival en el Zócalo para el domingo, donde, de paso, hablará de la reforma judicial, como si aplazar una amenaza fuera motivo de fiesta. Pero detrás de esta narrativa optimista se esconde una realidad incómoda: México cedió demasiado, y lo que se presenta como un éxito diplomático no es más que un respiro temporal ante un matón que ya ha demostrado que no respeta acuerdos ni palabras.
Sheinbaum y su equipo entregaron todo lo que Trump exigió: 10,000 efectivos de la Guardia Nacional en la frontera para frenar el tráfico de drogas, la extradición de 29 capos del narcotráfico —un gesto histórico que incluyó nombres como Rafael Caro Quintero—, y un esfuerzo descomunal por mostrar resultados en seguridad y migración. Todo esto, según Denise Dresser en su análisis para Latinus, fue en vano: Trump impuso los aranceles de todos modos el 4 de marzo, antes de esta supuesta “exención”. ¿Qué nos dice esto? Que la estrategia de apaciguar al abusador no funciona. Como bien apunta Lorenzo Córdova, actuar con racionalidad frente a alguien como Trump, que opera desde la imprevisibilidad y la intimidación, es un error de cálculo garrafal. México no está negociando con un socio razonable, sino con un extorsionador que siempre pedirá más.
Celebrar esta exención como un triunfo es ignorar la dinámica de fondo. Los mexicanos sabemos que cuando le das la mano a alguien así, no tardará en exigir el brazo entero. Trump no es un hombre de compromisos; es un depredador político que usa los aranceles como garrote para doblegar a sus vecinos. La pausa inicial de un mes que Sheinbaum logró en febrero, tras esa primera llamada “cordial”, ya nos dio una pista: México cumplió con creces, pero el magnate regresó con la misma amenaza, apenas modificada. Ahora, con esta exención para los productos del T-MEC, el mensaje es claro: “Te doy un respiro, pero mantengo el control”. Y mientras tanto, Sheinbaum sigue apostando por la colaboración, como si la buena fe pudiera domar a quien solo entiende el lenguaje de la fuerza.
La incompetencia del gobierno mexicano no radica en su falta de esfuerzo, sino en su incapacidad para leer la situación y plantarse con firmeza. Entregar todo lo que pide Trump —militarizar la frontera, extraditar capos, doblarse ante sus caprichos— no es una estrategia ganadora; es una rendición disfrazada de pragmatismo. Los resultados “sin precedentes” de los que habla Sheinbaum no son un trofeo para México, sino una factura que pagamos para evitar un golpe mayor. Y lo peor es que este precedente solo alienta a Trump a seguir apretando. ¿Qué pedirá la próxima vez? ¿Más militares? ¿Más concesiones comerciales? ¿Un cheque en blanco para sus políticas antimigrantes?
No se trata de abogar por una confrontación absurda, pero sí de reconocer que la sumisión no es sinónimo de éxito. México necesita una estrategia que combine astucia y dignidad, no una que nos deje como el vecino complaciente que siempre dice “sí” para evitar problemas. Porque, como bien sabemos, el extorsionador no se detiene con una sola entrega. Trump volverá, y cuando lo haga, encontrará un gobierno que ya le mostró que está dispuesto a ceder. Eso no es un triunfo; es una condena. El festival en el Zócalo puede sonar bonito, pero no tapa la realidad: mientras Sheinbaum celebra, los mexicanos seguimos esperando el próximo chantaje.