Esta semana, Ovidio Guzmán López, “El Ratón”, hijo del Chapo, se declaró culpable en una corte de Chicago. Admitió liderar una empresa criminal, traficar toneladas de fentanilo, cocaína y metanfetaminas, y ordenar secuestros y asesinatos. A cambio de una sentencia posiblemente reducida, prometió cantar todo lo que sabe: rutas, contactos, lavado. El primer Guzmán que decide colaborar abiertamente con la justicia estadounidense.Hay dos formas de leer este pacto. La primera, la que aplaude la Casa Blanca: un triunfo rotundo contra el Cártel de Sinaloa, que golpea directo a Los Chapitos y alimenta la narrativa de que la guerra al fentanilo avanza.
Para ellos, Ovidio es un trofeo que justifica años de presión y extradiciones.La segunda lectura, la que duele aquí, revela la absoluta subordinación mexicana. Porque mientras Estados Unidos negocia en secreto con un capo de alto nivel, el gobierno de Claudia Sheinbaum se limita a un comunicado tibio sobre “falta de coherencia”. No exige reciprocidad real, no condiciona la extradición a información compartida, no presiona para que las delaciones sirvan también para desmantelar redes en territorio nacional.
Nos quedamos, otra vez, con las manos vacías y el cementerio lleno. Datos duros que no dejan lugar a dudas: el fentanilo de Los Chapitos ha matado a más de 110 mil estadounidenses solo en 2023, según los CDC. En México, la violencia ligada al Cártel de Sinaloa ha contribuido a más de 200 mil homicidios desde 2018, el sexenio más sangriento de la historia moderna. Ovidio, capturado en el Culiacanazo de 2019 y recapturado en 2023, fue extraditado sin que el gobierno mexicano obtuviera garantía alguna de acceso a su testimonio. Hoy canta en inglés y nosotros seguimos sin saber quiénes lo protegían desde adentro.La crítica es inevitable y va con nombre: la administración de Sheinbaum repite el guion de López Obrador al pie de la letra. Se queja del vecino, pero no confronta. Se indigna por las designaciones de cárteles como terroristas, pero entrega a sus líderes sin cláusulas blindadas. Se ufana de “abrazos, no balazos” mientras los abrazos se los dan a los capos en prisiones estadounidenses con vista al lago Michigan.
Uno se pregunta dónde quedó la soberanía que tanto defienden en las mañaneras cuando se trata de defender de verdad al pueblo mexicano.Lo que une esta declaración de culpabilidad con nuestra realidad diaria no es cooperación internacional, sino la perpetua sumisión ante Washington en temas de narco. La impunidad que permite que los grandes capos negocien su futuro mientras los sicarios de abajo siguen matando, las complicidades políticas que nadie toca, la ausencia de una estrategia propia que priorice la inteligencia mexicana sobre la DEA.
Seguimos siendo el patio trasero donde se produce la droga y se entierran los muertos, pero la justicia la aplican allá.Esta semana, con Ovidio cantando en Chicago, debería servir de espejo descarnado para el gobierno actual. Porque aceptar que un hijo del Chapo delate sin que México saque provecho real es admitir derrota. Y callar ante esta humillación, o disfrazarla de dignidad, nos hace a todos cómplices de un país que extradita criminales pero no recupera soberanía ni paz.