¡Puños en la Tribuna: El Senado Se Convierte en Ring de Barrio!

¡Puños en la Tribuna: El Senado Se Convierte en Ring de Barrio!

El 27 de agosto de 2025, en la antigua sede del Senado en Xicoténcatl, Ciudad de México, Alejandro “Alito” Moreno, líder nacional del PRI, agredió físicamente a Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva. Todo ocurrió al cierre de la sesión de la Comisión Permanente, justo después de entonar el Himno Nacional. Moreno subió a la tribuna, jaló del brazo a Noroña, lo empujó repetidamente y le propinó golpes, mientras gritaba reclamos por no haberle dado la palabra.

Un colaborador de Noroña, Emiliano González, terminó derribado y lesionado; hasta la senadora Dolores Padierna tuvo que esquivar los manotazos.

Hay dos formas de leer este escándalo. La superficial: un pleito personal entre dos políticos temperamentales, uno del PRI agonizante y otro de Morena en el poder, que escaló por un desacuerdo procedural. Moreno dice que Noroña lo provocó primero y cambió el orden del día para silenciar a la oposición. Noroña responde que fue una agresión cobarde, en “montonera”, con priistas como Carlos Gutiérrez Mancilla sumándose a los golpes.

Pero la lectura profunda es más cruda: esto no es anécdota, es síntoma. Revela cómo la polarización que el gobierno de Morena ha alimentado durante años –con discursos de “traidores a la patria” contra cualquiera que critique– termina pudriendo las instituciones. Bajo Claudia Sheinbaum, el Congreso se ha convertido en un espacio donde el oficialismo impone su mayoría absoluta sin tolerar disenso, y la oposición, acorralada y desesperada, responde con violencia primitiva. El debate previo era sobre las declaraciones de Lilly Téllez pidiendo ayuda extranjera contra el narco; Morena lo usó para acusar de traición, y el PRI explotó. ¿Resultado? Puños en vez de argumentos.Datos duros que duelen: este no es el primer conato de violencia en el Congreso durante la 4T. En 2024 y 2025, hemos visto jaloneos en la Cámara de Diputados por la reforma judicial, empujones en comisiones, y ahora golpes directos al presidente del Senado. Según reportes del Canal del Congreso, en los últimos tres años se han registrado al menos 15 incidentes de agresiones físicas o verbales extremas en sesiones, un aumento del 40% respecto al sexenio anterior.

Y mientras tanto, fuera del recinto, México acumula más de 200 mil homicidios desde 2018, con el gobierno presumiendo “reducciones” que no sienten las familias.Critiquemos con nombres: Alito Moreno, con su historial de audios corruptos y señalamientos por enriquecimiento ilícito, actúa como matón porque sabe que su partido está en extinción. Pero el gobierno de Morena, con su mayoría aplastante y su control sobre la Mesa Directiva, ha convertido el Senado en un monólogo. Noroña, con su estilo confrontacional, encarna esa arrogancia oficialista que cierra micrófonos y provoca reacciones. La omisión mayor es del Ejecutivo: Sheinbaum guarda silencio ante estos espectáculos, como si no le correspondiera poner orden en su propia bancada.Este caso particular conecta con la falla estructural más grave de México: la impunidad institucional.

En un país donde los poderosos –sean de Morena o del viejo PRI– se salen con la suya, el Congreso deja de ser foro de debate para convertirse en arena de gladiadores. Nadie paga consecuencias reales; las denuncias ante la FGR duermen el sueño de los justos, y la polarización se profundiza. Nosotros, los ciudadanos, pagamos el circo.Uno se pregunta: ¿hasta cuándo toleraremos que nuestros representantes resuelvan diferencias a golpes mientras el país se desangra en las calles? Debería servir de espejo: si ellos bajan a eso, es porque hemos permitido que la política se vuelva un lodazal. La responsabilidad es colectiva; por omisión, todos somos cómplices. Es hora de exigir decoro, o prepararnos para más puños en la tribuna.

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