Captura de Nicolás Maduro por EE.UU.: desmontando las narrativas que defendían su dictadura

Captura de Nicolás Maduro por EE.UU.: desmontando las narrativas que defendían su dictadura

Estados Unidos ha capturado a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores en una operación militar relámpago en Caracas, el 3 de enero de 2026. La narrativa oficial habla de narcoterrorismo, tráfico de cocaína y posesión de armas ilegales, con Trump anunciando que su país administrará temporalmente Venezuela para garantizar una transición ordenada. Sobre el papel suena a golpe imperialista, pero en la práctica esta medida huele más a fin de una dictadura que a conquista, después de años de represión, fraude y colapso económico que han forzado a millones a huir del país.

¿Realmente EE.UU. puede demostrar que esta captura va a restaurar la democracia o es solo una excusa para controlar el petróleo? La pregunta divide opiniones, pero los hechos hablan: Venezuela bajo Maduro no era un faro de soberanía popular, sino un narcoestado en ruinas.¿De verdad era Maduro el líder legítimo? Los defensores del chavismo, esos que aún invocan el legado de Hugo Chávez, insisten en que Maduro es un presidente elegido democráticamente, un baluarte contra el imperialismo yanqui. Dicen que las elecciones de 2018 y 2024 fueron limpias, y que cualquier irregularidad es propaganda opositora orquestada desde Washington. Pero vayamos a los hechos: en 2024, Maduro “ganó” con resultados que el propio Consejo Nacional Electoral manipuló, ignorando actas que mostraban una victoria aplastante de la oposición. Observadores internacionales, como la ONU y la OEA, denunciaron fraude masivo, con detenciones arbitrarias de opositores y obstáculos para el voto en el exilio.

No era democracia; era un teatro para perpetuar el poder. Chávez pudo haber empezado con carisma y redistribución, pero Maduro lo transformó en autoritarismo puro, sin el apoyo popular que su mentor tenía.Otro argumento favorito de los chavistas: la crisis económica es culpa exclusiva de las sanciones estadounidenses, un “bloqueo” que asfixió al pueblo. Según ellos, sin las medidas de Trump y Biden, Venezuela seguiría siendo próspera gracias al “socialismo del siglo XXI”. Falso de cabo a rabo. La hiperinflación, que alcanzó picos del 1.000.000% en 2018, empezó antes de las sanciones más duras, impulsada por corrupción rampante, expropiaciones fallidas y la destrucción de PDVSA, la petrolera estatal convertida en caja chica para el régimen.

Maduro heredó una economía en declive y la hundió más con políticas neoliberales disfrazadas: dolarización de facto, apertura a capitales extranjeros y superexplotación laboral, mientras el salario mínimo ronda los 3 dólares mensuales. No son las sanciones las que mataron de hambre a millones; es la cleptocracia chavista.El golpe más duro: a los rezagos del chavismo Los apologistas del régimen claman que esta intervención viola la soberanía venezolana, comparándola con invasiones pasadas como Irak o Libia. “Maduro defiende la patria contra el imperio”, dicen, y que cualquier acción externa es un acto de colonialismo. Pero ¿qué soberanía? Bajo Maduro, Venezuela se convirtió en un peón de Rusia, China e Irán, con deudas millonarias y bases militares extranjeras en su suelo.

Los grandes jerarcas como Diosdado Cabello o Delcy Rodríguez han acumulado fortunas ilícitas mientras el pueblo sufre blackouts y escasez. Si no se desmantela este aparato represivo –colectivos armados, guerrillas aliadas y funcionarios corruptos–, cualquier transición será un espejismo. Los defensores ignoran que Maduro no defendía la soberanía; la vendía al mejor postor para mantenerse en el poder, enfrentando cargos por narcoterrorismo que no son invención gringa, sino respaldados por evidencias de alianzas con carteles.

¿Queremos soberanía violada… o libertad recuperada? Los chavistas argumentan que Maduro es un antiimperialista genuino, heredero de Chávez que redistribuyó riqueza y empoderó a los pobres. Recuerdan programas sociales como las misiones, que redujeron la pobreza en la era del petróleo alto. Pero eso fue Chávez; Maduro lo dilapidó. Bajo su mando, la pobreza extrema se disparó al 70%, y el éxodo de 7 millones de venezolanos es el mayor de la historia latinoamericana.

Invadir un país soberano tiene un efecto inmediato: rechazo internacional. América Latina ya murmura sobre “yankee go home”, y aliados como Rusia y China condenan la “agresión”.

¿Por qué pensar que esta intervención será diferente a las del pasado? Los defensores dicen que fomenta más polarización, pero olvidan que el chavismo ya dividió al continente con su exportación de autoritarismo. El resultado puede ser contrario a lo prometido: más polarización regional, menos unidad hemisférica, más inestabilidad. ¿Qué tan sensata es una política que, de entrada, enciende alarmas en todo el continente? Sin embargo, desmentir esto es simple: sin acción, Maduro seguiría robando elecciones y reprimiendo, como en las protestas post-2024 donde murieron decenas.

La soberanía también es un derecho… pero no para tiranos Los leales a Maduro insisten en que su retórica antiimperialista protege la “patria” y que el amor por Chávez garantiza apoyo ideológico eterno. Pero Maduro carece del carisma de Chávez y ha destruido su legado: de movimiento popular a régimen autoritario respaldado por militares corruptos.

Al final, estamos hablando de dignidad nacional. Venezuela es petróleo, talento, diversidad: un potencial enorme. Permitir que un dictador acusado de crímenes internacionales siga en el poder es un mensaje peligroso. Gravar con un “impuesto revolucionario” el acceso a esa prosperidad –a través de corrupción y represión– es peor que cualquier intervención externa.¿Queremos un continente que tolere narcoestados o uno que defienda la democracia con acciones decisivas? La pregunta no es menor: lo que está en juego no es solo un líder caído, sino el futuro de la región frente al autoritarismo. Los defensores chavistas hablan de lealtad, pero ignoran que Maduro traicionó al pueblo con políticas que benefician a elites corruptas, no a los pobres.

Latinoamericanos, este es el momento de alzar la voz Si de verdad nos preocupa la transición responsable, hay caminos más serios: respaldo internacional a la oposición legítima como María Corina Machado y Edmundo González, presión para elecciones libres supervisadas, desarme de grupos irregulares y reconstrucción institucional sin tutelaje eterno. Eso incluye investigar las violaciones a derechos humanos documentadas por Amnistía Internacional, como torturas y detenciones arbitrarias.

Lo otro –rezagos chavistas o ocupación indefinida– es simplemente cargarle el costo al pueblo y perpetuar el sufrimiento. Los defensores de Maduro claman solidaridad antiimperialista, pero ¿dónde estaba esa solidaridad cuando su régimen reprimía protestas y causaba hambrunas? Es hora de desmontar el mito: el chavismo bajo Maduro no es revolución; es traición.Por eso el llamado es directo: no basta con celebrar o condenar en redes, hay que organizarnos. Exigir transparencia a Washington, apoyar a la sociedad civil venezolana, presionar a gobiernos regionales para no reconocer títeres del madurismo y, sobre todo, demostrar que América Latina no tolera más dictaduras disfrazadas de revolución. Si dejamos pasar esta crisis sin actuar, mañana puede venir otra: más migración, más narco, cualquier forma de populismo tóxico. El momento de exigir una Venezuela democrática es ahora.

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